
¿Alguna vez has conocido a alguien y, sin saber por qué, has sentido una conexión especial? ¿O todo lo contrario, has estado cerca de una persona y has sentido que algo no terminaba de encajar?
Yo creo que todos tenemos algo que nos hace únicos, algo que va mucho más allá de nuestra apariencia física.
Nuestra energía, nuestra esencia.
Desde una mirada espiritual, todos tenemos un campo áurico, esa energía que nos rodea y que, según estas creencias, refleja parte de lo que somos, de lo que sentimos y de lo que llevamos dentro.
Y ¿sabéis qué es lo más maravilloso?
¡Que existe un sinfín de colores!
Colores intensos, suaves, luminosos, tonalidades que se mezclan entre sí... Como si cada persona llevara consigo su propia paleta de colores.
Y a mí me gusta pensar que esos colores cuentan historias.
Historias de amor, de alegrías, de heridas, de sueños, de miedos superados y de todo aquello que hemos vivido.
Porque nuestra energía no viene solamente de nuestros padres, abuelos y de todo nuestro linaje familiar.
También tenemos nuestra propia energía. ¡La nuestra!
Esa que vamos construyendo cada día con nuestras decisiones, nuestras experiencias, las personas que elegimos tener cerca y, sobre todo, con nuestra manera de afrontar la vida.
Y hay algo que quiero que entendáis: no todos los días brillamos de la misma manera.
Hay días en los que nos sentimos capaces de comernos el mundo y otros en los que apenas tenemos fuerzas para levantarnos.
Y no pasa nada. Eso también forma parte de nosotros.
Nuestra esencia no desaparece porque estemos pasando por un mal momento.
Por eso, cuando hablamos de cuidar nuestra energía, no me refiero a estar siempre felices, sonriendo o pensando en positivo.
Me refiero a aprender a escucharnos, a respetarnos, a saber cuándo necesitamos descansar, cuándo debemos poner límites y cuándo es momento de alejarnos de aquello que no nos hace bien.
Y hoy quiero dejaros una pequeña reflexión:
No te preocupes tanto por el color de tu aura. Preocúpate por cómo te sientes contigo mismo, por cómo tratas a los demás y por la huella que vas dejando en las personas que pasan por tu vida.
Porque, al final, todos tenemos nuestra propia luz.
Y aunque a veces se nos olvide, no necesitamos brillar como los demás para tener un brillo maravilloso.
Cuida tu energía, cuida tu esencia.
Hasta la próxima!
